LLUVIAS INSÓLITAS

Publicado en por soviet

Estas misteriosas lluvias se contabilizan en lugares de todo el planeta, y España no es una excepción. Batracios, roedores, patos y cangrejos son sólo algunos de los animales que caen del cielo durante este tipo de aguaceros. Pero los testigos también hacen referencia a piedras, frutas y verduras e incluso sangre. ¿Cuántos de estos casos se han producido en nuestro país? Y, sobre todo, ¿qué provoca este fenómeno? La ciencia no es capaz de ofrecer una respuesta convincente.

LLUVIAS INSÓLITAS:

RANAS, PECES, RATONES.....


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Las lluvias insólitas están presentes en las crónicas desde que existe la escritura y son uno de los fenómenos meteorológicos más sorprendentes y extraordinarios. Se pueden definir como chaparrones –por lo general, acompañados de agua común– de animales u otros elementos que no deberían caer del cielo. Pero, por muy atípicas que nos parezcan, se producen sistemáticamente en casi todos los países del mundo y en diferentes épocas desde la antigüedad. Dentro de la enorme variedad de precipitaciones misteriosas que existen destacan las lluvias orgánicas, entre las cuales son más comunes aquéllas en las que descienden del cielo animales, casi siempre vivos: peces, ranas, gusanos, lagartijas, serpientes, cangrejos, arañas, sapos, caracoles, mejillones, hormigas, escarabajos, gusanos, ratones y pájaros, entre otros. También son relativamente frecuentes los chubascos de materiales orgánicos como carne, sangre, residuos parecidos a la tela de araña, una materia fibrosa denominada cabello de ángel o, incluso, vegetales como judías, guisantes, frutas y algodón. Igual de sorprendentes resultan los aguaceros de objetos inorgánicos, entre los que se cuentan curiosas piezas metálicas, piedras, arena, lodo espeso, hielo de enorme tamaño y peso, así como enigmáticas cruces de madera pulida. Además, el agua de estas lloviznas aparece en ocasiones teñida de colores, a menudo rojo, negro o amarillo.
Este asombroso fenómeno suele manifestarse en épocas de grandes lluvias o en mitad de una fuerte tormenta, debido a lo cual los animales que caen del cielo lo hacen de forma tan violenta que mueren destrozados. Pero no siempre es así, sobre todo en el caso de los peces y de las ranas, que suelen sobrevivir al impacto. Esto nos hace sospechar que entre el momento del “despegue” y del “aterrizaje” transcurre muy poco tiempo. De otro modo, los peces morirían por la falta de oxígeno. Asimismo es importante resaltar que en numerosas ocasiones los animales, en su mayoría ranas, descienden congelados desde el cielo. Aparecen en el interior de enormes fragmentos de hielo, lo que indica que quizá proceden de alturas tan elevadas que se ven expuestos a temperaturas muy inferiores a cero grados. El impacto de estos pedazos de hielo provoca a veces incómodos accidentes, como la muerte de alguna cabeza de ganado, el destrozo de viviendas o abolladuras en algún vehículo. En definitiva, este tipo de fenómenos meteorológicos se presta a diversas hipótesis y no es extraño que aparezca acompañado de inquietantes leyendas. Mientras que en el pasado los habitantes de las poblaciones afectadas lo consideraban un castigo divino, en la actualidad los especialistas abogan por hipótesis más lógicas y racionales... aunque, para ser sinceros, todavía no existe una explicación convincente para todas sus variantes.


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EFEMÉRIDES ESPAÑOLAS

España no fue ajeno a las lluvias insólitas. Es difícil localizar una región en la que no existan testimonios relacionados con extraños elementos caídos del cielo aunque muchos de ellos sólo perviven en la memoria de los más ancianos. Muchos de estos aguaceros originaron mitos y leyendas difícilmente contrastables, sobre todo cuanto más nos remontamos al pasado. Es el caso de las lluvias de codornices que supuestamente tuvieron lugar en Navarra y Valencia entre 1880 y 1890.
En época más reciente –aunque también es difícil localizar testigos presenciales– encontramos el caso de una lluvia de sapos que se produjo en 1944 en la localidad de San Vicente de Alcántara (Badajoz). Cuentan que una repentina tormenta cubrió el cielo de nubes negras que al instante descargaron agua y granizo por toda la zona. Pero lo curioso vino después del temporal, cuando los lugareños salieron a la calle y encontraron el suelo cubierto de pequeños batracios. A mediados de mayo de 1954 algo similar sucedió en Sanlúcar de Barrameda (Cádiz). El padre Juan Francisco López, director del Instituto Eclesiástico Diocesano Nuestra Señora de los Reyes, explica lo sucedido: “Por aquel entonces yo era alumno de este centro, que hoy dirijo, y recuerdo perfectamente aquella tromba de agua y ranas que cayó sobre el colegio y sobre una zona de cultivo conocida como Monte Algaide. No fui el único, varias decenas de alumnos fuimos testigos de esta singular lluvia”. Poco más de una década después, en 1966, una lluvia de sapillos sembró el desconcierto entre los habitantes de Málaga. Tanto esa tarde como al día siguiente los niños disfrutaron jugando con tan simpáticos animales.


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El aguacero que se produjo en 1988 en la localidad de Frías de Albarracín (Teruel) tuvo mucha más repercusión mediática. Pese al tiempo transcurrido, algunos reporteros del Heraldo de Aragón y del Diario de Teruel recuerdan la historia, en la que los batracios fueron de nuevo los protagonistas. Benito Lacasa, alcalde de la localidad, rememora el extraño fenómeno: “Aquella lluvia afectó a todo el pueblo. Recuerdo que no sólo cayeron ranitas pequeñas, casi renacuajos, sino que aquella extraña tromba vino acompañada de granizo y nos hicimos mil preguntas sobre su origen”. Al año siguiente algo asombroso ocurrió en Hinojos (Huelva). El investigador andaluz José Manuel Vela se hizo eco de un caso de lluvia de caracoles y entrevistó a dos familias que habían sido testigos del suceso, aunque por motivos personales prefirieron permanecer en el anonimato. Sucedió una noche en que se disponían a visitar la feria de Sevilla. Viajaban en dos coches y circulaban por una carretera que enlaza con la de Chucena, a 3 km de su pueblo. De pronto, fueron sorprendidos por un aguacero. La visibilidad era mala y tuvieron que detenerse para cenar en un restaurante. Al terminar, hacia las 00.30, y a pesar de que continuaba lloviendo con fuerza, emprendieron el regreso a Hinojos. Nada más montarse en los coches notaron unos golpes contra el cristal delantero que achacaron al granizo. Sin embargo, al observar varios fragmentos de cáscaras de caracoles en el limpiaparabrisas, se detuvieron para saber qué ocurría. Esparcidos por la carretera y el campo, hasta donde les permitía ver la luz de los faros había miles de caracoles de todos los tamaños, algunos vivos y otros reventados por la caída.


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Localidad turolense de Frías de Albarracín


A diferencia a los casos anteriores, existen otros bien documentados que hacen referencia a una realidad indiscutible. Quizá el más antiguo es el que descubrió Gabriel Sánchez de la Cuesta, catedrático de la Universidad de Sevilla, en dos obras literarias de mediados del siglo XVIII en las que se narra cómo en dos ocasiones cayó “maná” del cielo en tierras españolas. La primera fue escrita por el doctor Francisco Alonso Esteban y Lecha, miembro de la Real Academia Médica Matritense y médico de las villas abulenses de Fontiveros, San Esteban del Valle y Mombeltrán. Fue impresa en 1752 en Salamanca y narra un fenómeno que se produjo el 24 de agosto de 1751 en Ávila y que se reprodujo casi a diario hasta finales de octubre de ese mismo año. “El rocío cuajado o sustancia melosa apareció muy seco, de suerte que se pudo coger hasta casi todo octubre, en cuyo mes llovió algo y desapareció”, relataba. El botánico Juan Minuart, que había sido enviado desde Madrid para investigar el asunto, defendió la hipótesis de que todo se debía a una “exudación vegetal”. Sin embargo, Alonso Esteban señaló que “de los vegetales no salía sino un licor medio dulce, flexible, muy ajeno de ser maná como el que se cogió en dicho año de 1751”.

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Hinojos (Huelva)


La otra obra fue escrita por Juan de San Joseph, un monje jerónimo del monasterio de San Isidoro, ubicado en Santiponce (Sevilla), y fue publicada en su ciudad natal a principios de 1765. Este sabio monje, perito en Física, habla de una extraña polución blanca que se produjo durante la noche del 1 de noviembre de 1764 en la sierra de las Cumbres, ubicada en la frontera entre Extremadura y Andalucía. “Cayó en la villa de Cumbres Mayores una especie de nieve que causó mucha novedad –relató el religioso– porque no se deshizo, como regularmente sucede, sino que, enjugándose, permaneció la tierra blanca y lo mismo los árboles y las piedras, quedándoseles pegada una especie de azúcar, que en contacto con la lengua se percibe dulce.” Lo que más indignó a los escépticos de aquella época fue la enorme extensión de esa extraña lluvia de “maná”. Pero poco después de la publicación del trabajo de Juan de San Joseph nuevos testimonios se sumaron a la causa. El médico de Cumbres Mayores, Joaquín José Gil, comentó que la extraña “nevada” había sido prolífica en muchos lugares de la periferia, “más abundante en la dehesa que llaman De Abajo, pero universal a toda suerte del territorio, no sólo donde había plantas y monte, sino también sobre los yelmos y los campos rasos”.
El mismo fraile publicó poco después otro caso protagonizado por un religioso del lugar. “Persona de la más delicada formalidad y exquisita lección como es fray Manuel de Fontadilla, hallándose el día de la nevada en su pueblo natal, Manzanilla, observó al amanecer una gran niebla, y con ella blanqueaban todos los tejados que alcanzaban a su vista. Salió a un descubierto donde estaba una hacina de leña y la vio toda blanca y llena de la misma nieve. La tocó y cogió, y habiéndolo gustado de un dulce exquisito, repitió el cogerla y gustarla muchas veces”, relató Juan de San Joseph. Al parecer, esta “nieve” de “maná” se manifestó en las cercanas localidades de Cerro de Andévalo, Calañas, Puebla de Guzmán, Alonso y Sanlúcar la Mayor.


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Alcántara ( Cáceres)


LOS OVNIS QUE TRAJERON SAPOS

Pero no es éste un fenómeno propio de tiempos remotos, sino que también existen casos contemporáneos. El primero se produjo en la localidad de Alcántara (Cáceres) y se manifestó en dos grandes “oleadas” durante las décadas de 1930 y 1970.
La bibliotecaria y experta en historia local Juana Santana Díaz explicó a MÁS ALLÁ cómo se desarrollaron los hechos. Todo comenzó en 1932 a raíz de un curioso fenómeno que se produjo en los cielos de la localidad y del que aún quedan testigos: desde la plaza y en dirección Norte se contemplaron dos grandes nubes con un color dorado muy peculiar. Entre ambas se formó un remolino horizontal que, tras girar durante algunos minutos, adoptó la apariencia de una “viga de madera” con forma de puro. Más de media hora después las nubes doradas y el remolino desaparecieron al ser tapados por nubes comunes de tormenta. Poco después se desencadenó un fuerte aguacero sobre el pueblo y los alrededores, y los vecinos pudieron observar cómo caían miles de sapos vivos desde el cielo. El mayor número de batracios apareció en la carretera que une Alcántara con Cáceres y en la Corredera, hoy convertida en la plaza principal. La gente no ha olvidado cómo al día siguiente los carros de los campesinos destripaban los sapos a su paso, pues había tantos que resultaba prácticamente imposible esquivarlos.

Entre 1932 y 1940 se repitió el mismo espectáculo al menos en otras dos ocasiones. El pueblo y el campo se llenaron de sapitos, langostas y mosquitos que expelían un olor nauseabundo. En 1970 este curioso fenómeno volvió a asombrar a los habitantes de la localidad cacereña. En esta ocasión también apareció precedido de sucesos aéreos extraños. El cronista local, Fernando Tostado, experto en la historia del pueblo y testigo de excepción, lo recuerda bien: “Trabajaba como guarda en el embalse. Una noche estaba tumbado mirando el cielo y vi una estrella de gran tamaño que se movía de un lado a otro. Primero pensé que se trataba de un satélite, pero en seguida me di cuenta de que su color amarillento y sus movimientos en zig-zag no eran propios de uno de esos artefactos. Aquello se repitió durante tres días seguidos”. Pocos días después, el propio Tostado caminaba por la sierra en dirección a su casa junto a otros dos vecinos. Era una noche sin luna, por lo que les fue fácil advertir en la oscuridad un objeto redondo y verde del tamaño de una pelota de tenis que flotaba en el aire. Aquella bola, que no producía destellos, pero que tenía un color muy vivo, comenzó a hacer movimientos extraños en el aire. Detrás de ella los testigos observaron dos columnas de humo que se elevaban desde el suelo. Poco después la “pelota” comenzó a expeler unas pequeñas partículas verdosas y en pocos segundos se desvaneció en el aire.
Por si fuera poco, algunos testigos afirman que días después se vieron varias luces que avanzaban una detrás de otra, como si un misterioso “tren” surcara el firmamento. Lo realmente estremecedor es que este tipo de casos, que podríamos catalogar como avistamientos OVNI, fueron el precedente de curiosas lluvias de mosquitos, langostas y enormes sapos.

En 1986 Francisco Javier Calvente, un funcionario del Ayuntamiento de Ronda (Málaga), decidió comprobar por sí mismo la veracidad de un extraño fenómeno del que mucha gente le había hablado, pero nunca se imaginó que se tropezaría con algo que lo dejaría marcado de por vida.
Una calurosa noche del mes de agosto acudió a la vereda que circunda el cerro de San Nicasio, a pocos metros de la plaza o explanada del Manco, en el popular barrio de San Francisco, y ocurrió lo imposible. De pronto, todo se quedó en absoluto silencio. El fenómeno fue precedido de un frío intenso. A los pocos segundos, Calvente escuchó algo similar al zumbido de miles de avispas. Pero no eran insectos lo que provocaba aquel ruido, sino una violenta lluvia de piedras que caían del cielo a una velocidad endiablada. Aunque el miedo lo paralizó, ninguno de aquellos pedruscos impactó sobre él. Al finalizar la misteriosa lluvia comprobó que no había piedra alguna en el suelo. Este fenómeno tan intrigante ha sido experimentado desde la década de 1940 por varios habitantes del barrio, sobre todo por campesinos que antiguamente cruzaban el sendero de camino a sus tierras. Aunque se ha intentado ofrecer una explicación coherente al mismo, aún continúa siendo un enigma. Muchas personas relacionan estas lluvias con ciertas leyendas relativas al cerro de San Nicasio. El interior de la mole rocosa esconde grutas muy profundas y se cuenta que en ellas habitan animales aún no catalogados por los zoólogos. Tampoco son ajenas a la zona las visitas de supuestos ovnis.


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El cerro de San Nicasio, protagonista de una lluvia de piedras


BUSCANDO EXPLICACIONES

En la antigüedad los testigos consideraban estas lluvias un castigo divino o, incluso, un favor del cielo si el chaparrón era de animales comestibles. Pero entre las hipótesis más heterodoxas no podemos dejar de mencionar la que hace alusión a extraterrestres. Algunos investigadores defienden que supuestos seres de otros mundos nos visitan para hacer acopio de animales con el fin de utilizarlos en sus experimentos y que, después, simplemente, arrojan las “sobras” al exterior. De ahí las inquietantes lluvias de trozos de carne y sangre que se han registrado en algunos lugares.
Por otra parte, el periodista Charles H. Fort, una de las mayores autoridades en el tema, creía que la teletransportación podía ser la respuesta. Hablaba de una energía capaz de hacer desaparecer un objeto de un lugar determinado y hacerlo aparecer en otro sin que físicamente hubiera recorrido la distancia que los separaba. Esta hipótesis enlaza con la supuesta existencia de otras dimensiones que podrían cruzarse con la nuestra y dejarnos misteriosos objetos fuera de lugar y tiempo. Otra de las posibles explicaciones tiene como protagonistas a las tormentas. Algunas podrían provocar el desbordamiento de ríos que, al abandonar su cauce, podrían ser los culpables de las caídas de seres anfibios. Asimismo, se especula con que determinados tipos de animales, en especial las ranas, que hibernan entre el barro, podrían reanimarse al caer una lluvia copiosa. Por lo que respecta a las lluvias de colores, la explicación podría hallarse en la existencia de polvo, arena o polen en las capas más bajas de la atmósfera.
No obstante, de entre todas las hipótesis la más sólida, defendida por muchos científicos y especialistas en el tema, hace referencia a los remolinos que se forman durante las tormentas. Éstos podrían succionar agua de los ríos y los lagos o, incluso, del mar, junto con los animales que en ella moran, que posteriormente podrían ser descargados sobre lugares concretos una vez que el remolino ha perdido su fuerza. Eso explicaría las lluvias de ranas y de animales de poco peso, como peces y caracoles. Pero hay datos que los científicos esconden en su manga y que invalidan esta, en principio, razonable teoría. En primer lugar, estas lluvias no siempre van precedidas de tormentas, ni mucho menos de torbellinos. A veces, los testigos refieren simples y vulgares lloviznas de verano. En segundo lugar, si los animales vienen acompañados de lluvia, ¿cómo es posible que los tornados los depositen entre las nubes y que permanezcan durante un tiempo en ellas sin precipitarse al vacío? Además, en el supuesto de tratarse de un remolino de gran fuerza, debería arrancar todo lo que encuentre a su paso, no sólo ranas, peces y sapos, sino objetos y animales de mayor envergadura. No se entiende por qué los tornados son tan selectivos. Aunque tendrían que barrer todo a su paso, las descargas suelen ser de un solo animal, no de varios. Podemos encontrar lluvias de ranas, peces, caracoles o, incluso, de frutas y verduras, pero difícilmente veremos una lluvia mixta. Y, para finalizar, si el torbellino tiene tal fuerza y tal brutalidad como para elevar del suelo a diversos animales, ¿cómo es posible que caigan al suelo vivos y en perfecto estado? Es evidente que aún quedan muchos puntos oscuros para aclarar este gran misterio.


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¿SABÍAS QUÉ...
Fue el investigador Charles H. Fort (1874-1932) quien más tiempo dedicó al estudio de las lluvias extrañas y otras anomalías celestes? Durante su etapa como recolector de sucesos misteriosos llegó a reunir unos 60.000 casos. Este material le sirvió posteriormente para publicar un libro clásico dentro del mundo de la parapsicología, El libro de los condenados.

LLUVIA DE PIEDRAS... EN LAS SAGRADAS ESCRITURAS
“Mientras huían ante Israel por la bajada de Bet Jorón, Yahvé lanzó del cielo sobre ellos hasta Azecá grandes piedras, y murieron. Y fueron más los que murieron por las piedras que los que mataron los israelitas a filo de espada.” (Josué, Cap. 10, vs. 11). Este impresionante fragmento de las Sagradas Escrituras parece describir una lluvia de piedras. Pero no es el único pasaje bíblico que habla de ello. En el Apocalipsis también se mencionan estos misteriosos aguaceros: “Y un gran pedrisco, con piedras de casi un talento de peso, cayó del cielo sobre los hombres. No obstante, los hombres blasfemaron de Dios por la plaga del pedrisco; porque fue ciertamente una plaga muy grande”. (Apocalipsis, cap. 16, vers. 21). Una vez más, comprobamos que los sucesos inexplicables son atribuidos a dioses, demonios u ovnis dependiendo de la mentalidad y de la religiosidad de los testigos que los contemplan.

EL DATO
Tras la muerte del estudioso Charles H. Fort su trabajo no cayó en saco roto. Buena parte de sus investigaciones se conservan en la Biblioteca Pública de Nueva York (EE.UU.) y aún se mantiene con vida la Sociedad Forteana Internacional, creada en memoria del afamado periodista. En ella un nutrido grupo de estudiosos y filósofos continúan su labor de recopilación y análisis de los extraños sucesos que vienen del cielo y que están presentes en todas las épocas.

OBRAS SINGULARES: LLUVIAS DE ANIMALES EN LA LITERATURA
Son varios los novelistas que han incluido dentro en sus obras historias relacionadas con lluvias extrañas. Veamos algunos ejemplos:
• En la novela El capitán Pánfilo Alejandro Dumas (1802-1870) narra el caos que causó una llovizna de sapos.
• La escritora francesa Sidonie Colette (1873- 1954) describe en su obra Sido una lluvia caliente acompañada de sapos.
• En su obra Kafka en la orilla el japonés Haruki Murakami (1949- ) convierte a los peces en protagonistas de un temporal.


LA CURIOSIDAD
El director de cine estadounidense Paul Thomas Anderson siempre fue un gran admirador de la obra de Charles H. Fort. Por ello, algunas de las secuencias del largometraje Magnolia (1999) están inspiradas en acontecimientos recogidos en los trabajos del mítico investigador. Una de las más llamativas es la recreación de una lluvia de ranas.


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taller de coches online 08/01/2016 14:57

Me ha gustado mucho el artículo y la temática de la que has hablado, no tenía el placer de conocer tu blog pero aquí tienes un nuevo seguidor, sigue así