la bestia del Gévaudan

Publicado en por soviet

Francia, 1764. El país se encuentra a las puertas de una revolución que transformará sin remedio el Estado y los poderes de la nación. Es una sociedad agonizante, en la que las clases bajas viven de forma miserable –en claro contraste con la opulencia de los poderosos–, ante la indiferencia de su rey, Luis XV, más preocupado por los asuntos de la corte que en alimentar a su pueblo hambriento.

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En la primavera de aquel año, cerca de la localidad de Langogne, en el sudeste del país, comienzan una serie de aterradores ataques que conmocionan a la población. Una joven pastora que cuida su ganado ve, de pronto, una extraña bestia que se abalanza sobre ella. Los perros que la acompañan no reaccionan; se quedan quietos, temblando de miedo frente al extraño animal. La muchacha logra huir gracias a sus bueyes, que hacen frente al monstruo. Cuando llega al pueblo muestra a sus vecinos las ropas que «la Bestia» ha destrozado con sus garras. A pesar del temor inicial, la historia se olvida hasta el 30 de junio siguiente, cuando se produce un nuevo ataque: una muchacha que vive en Saint-Etienne de Lugdares, a tres leguas de Langogne es devorada por la criatura. Se trata de Jeanne Boulet, una niña de apenas 14 años, que pasará a la historia por ser la primera víctima mortal conocida de la «Bestia del Gévaudan». El acta de fallecimiento cuenta que fue enterrada sin recibir sacramento, ya que murió a causa de las heridas provocadas por las garras de un animal feroz y desconocido.

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A partir de esta fecha se registraron nuevos ataques y muertes, atribuidas al feroz monstruo que merodeaba por las montañas vecinas del área de Gévaudan. Los ataques aumentan a partir del 8 de agosto. Aquel día, el temible ser mata a una muchacha de Masméjan-d'Allier y a finales de mes causa la muerte a dos niños más. El 6 de septiembre, a las 7 de la tarde, la criatura aparece en una aldea muy próxima a d'Arcenc y deguella, en la puerta de su propia casa, a una mujer de 36 años, y después se bebe su sangre. Apenas diez días después destroza a un vaquero, comiéndole las entrañas. El día 26 de ese mismo mes una niña de 12 años es atacada ante su propia madre, que asiste impotente a la tragedia. El 20 de octubre la bestia mata a una chica de 20 años, el 17 de noviembre a un niño de 10… Los ataques continúan produciéndose y el número de víctimas sigue aumentando de forma imparable.

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Durante los tres largos años que la célebre «Bestia» atemorizó a las gentes de la comarca del Gévaudan, la lista de fallecidos aumentó de forma preocupante. Hay documentos oficiales que así lo atestiguan, y que hoy se custodian en los Archivos departamentales de Puy-de-Dôme. También se cuenta con la documentación recopilada por François Fabre, un párroco que en el año 1901 recopiló hasta un total de 146 ataques. Según esta documentación, se puede asegurar con seguridad que hubo un total de 70 víctimas mortales, además de 27 heridos de diversa gravedad.

Como es lógico, en la época los rumores, las especulaciones y las leyendas se dispararon… No hay que olvidar que algunos escasos afortunados lograron escapar con vida a las fauces del temible depredador. Estos testigos lo describían como un animal del tamaño de un asno, de color marrón-rojizo y con una larga raya negra sobre su espalda. Además la bestia poseía grandes fauces –mayores que las de un lobo–, enormes garras afiladas similares a las de un felino y una velocidad y agilidad impresionantes, siendo más rápida que cualquier caballo. Según sus víctimas, era capaz de levantarse sobre sus patas traseras y, antes de atacar, siempre se agachaba para saltar al cuello de sus víctimas.

Comienza la cacería

Tras las primeras muertes, el espinoso asunto llega a oídos de las autoridades, quienes se toman el problema muy en serio. El señor Lafont, abogado en Mende y representante del intendente del Languedoc, da la voz de alarma a los Dragones del rey (un grupo de élite) y el monarca responde enviando a cuatro escuadrones desde la población de Langogne.

Las primeras batidas en los montes y bosques de la zona se inician el 20 de noviembre de 1764. La búsqueda fue exhaustiva, pero infructuosa. Pese al empeño de los militares, no consiguen su propósito. Sin embargo, sí confirman la existencia del extraño animal, pues el capitán Duhamel –al mando de un escuadrón– se topa con la bestia en medio del bosque, aunque no logra capturarla. El propio Duhamel la describió como un animal del tamaño de un toro de un año, con patas como las de un oso y ojos grandes similares a los de una ternera.


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Los Dragones, que en un principio son bien acogidos con la esperanza de que acaben con la amenaza dea sanguinario ser, se van granjeando poco a poco el rechazo de la población. Los lugareños descubren pronto que los militares no sólo son incapaces de acabar con la criatura, sino que además suponen una carga para su propia subsistencia. Este hecho, añadido a la brutal actitud de los soldados, motiva el repliegue de los escuadrones a su acuartelamiento. De ese modo, los Dragones del rey abandonan la comarca, con una larga lista de lobos muertos como único éxito.

Para entonces, el asunto de «la Bestia» se ha convertido ya en toda una cuestión de Estado para el rey, Luis XV, quien ve con enojo como se mofan de él en el extranjero, cuestionando su capacidad para acabar con un «pequeño problema». Del mismo modo, la oposición al monarca comienza a criticarle duramente, y encuentra un nuevo motivo para atacar su política en la Francia de la época.


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Ante el fracaso de sus soldados en la misión, el monarca decide enviar a unos experimentados cazadores desde Normandía, ofreciendo una suculenta recompensa para quien acabe con la bestia: 6.000 libras. A esta cantidad el obispo de Mende añade 1.000 libras, el intendente del Languedoc 2.000 y un sindicato de Mende 200 más. Esta importante suma tiene un efecto inmediato: numerosos campesinos y cazadores de todas las zonas de Francia, incluso del resto de Europa, llegan a la remota comarca gala. Se organizan grandes batidas con el objetivo de dar muerte al «monstruo» y así obtener la gran recompensa. Esas 9.200 libras suponían toda una fortuna en aquellos tiempos, pues lo que se solía pagar por cazar un lobo eran unas seis libras, cifra nada despreciable si tenemos en cuenta que el salario medio de un campesino de la región rondaba una libra y media.

Sin embargo y a pesar de todos estos esfuerzos, tampoco se producen resultados positivos y la bestia continúa campando a sus anchas. Los rumores y las especulaciones vuelven a dispararse… Se acusa incluso a los gitanos zíngaros de haber dejado escapar a algún oso, y algunos de ellos son atacados por nobles y campesinos de la zona.

Al mismo tiempo, los clérigos de la comarca empiezan a buscar una explicación a los persistentes ataques de la bestia… Durante las misas, los clérigos de la zona declaran en sus sermones que se trata de un ser maléfico y demoníaco llegado para castigar a los parroquianos de costumbres dudosas y poco cristianas. El 1 de diciembre de 1765 todos los párrocos de la diócesis de Mende leen una carta enviada por el obispo Monseñor de Choiseul-Beaupré, en la que ordena que se realicen rezos públicos para luchar contra la misteriosa criatura que merodea en la región de Gévaudan.


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El siguiente paso de Luis XV consiste en enviar a Antoine Beauterne, uno de sus hombres de confianza quien, con la ayuda de cazadores locales realiza numerosas batidas. Durante meses, la población de lobos del Gévaudan es diezmada sistemáticamente y sólo unos ejemplares sobreviven a las cacerías. Mientras, la bestia sigue libre y continúa con sus «fechorías». En uno de esos ataques una valiente joven, Marie-Jeanne Vallet, de 20 años y criada del párroco de la población de Paulhac, tiene un encuentro con el «monstruo» y, milagrosamente, logra herirle en el pecho con un largo palo al que había colocado un afilado cuchillo en uno de los (Palabra Censurada, está prohibido el SPAM) Marie-Jeanne estaba cruzando un pequeño puente cuando la Bestia se abalanza sobre ella. Afortunadamente, la aguerrida muchacha logra clavarle su improvisada lanza en el pecho. Después de esta hazaña, el animal desaparece durante tres semanas, concediendo un breve respiro a los aterrorizados habitantes del Gévaudan.

En el mes de septiembre de 1765 los cazadores logran capturar un gran ejemplar de lobo, de unos 55 kilos de peso. Algunos de los supervivientes a los ataques de la Bestia reconocen en ese ejemplar –una hembra de gran tamaño–, al animal «diabólico» que les había atacado. La euforia colectiva se adueña, por primera vez en mucho tiempo, entre la población. Antoine Beauterne procede a disecar el animal y llevarlo ante el rey. Una vez en Versalles, el gran lobo («maquillado y retocado» para la ocasión) es expuesto en los jardines. El rey y su corte se mofan de los campesinos que estaban aterrorizados por «un simple lobo». Un animal de gran tamaño sí, pero lobo al fin y al cabo. Antoine Beauterne recibe de manos del rey una distinguida condecoración, la cruz de San Luis, y el monarca da por eliminado el problema de la Bestia.

Se produce así una temporada de calma en el Gévaudan. Sin embargo, en marzo de 1766, regresan las muertes a la comarca, y la sombra de la Bestia acecha de nuevo a sus habitantes. La pesadilla, que se creía olvidada, vuelve a cernirse sobre los prados y los montes. Con las nuevas víctimas, regresan los rumores y el pánico se extiende, otra vez, por todo el Gévaudan.


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A mediados de junio de 1767, se organiza una romería en Brassaliere. En esta celebración religiosa se encuentra un viejo cazador de cierta cultura, llamado Jean Chastel. Por aquellas fechas, algunos rumores señalan a su hijo, Antoine Chastel, como sospechoso de instigar y controlar al temible animal, amparado por un noble de la región, el marqués de Apcher. El joven Antoine vivía en un bosque, aislado del resto de las personas, y en compañía de animales. En la romería de Brassalier su padre, hombre profundamente religioso, hace bendecir tres balas de plata obtenidas de fundir tres medallas de la virgen.

El día 18 de ese mes de junio, un niño de la aldea en la que vive Chastel muere tras ser atacado por la Bestia y, al día siguiente, el cazador participa en una batida en el bosque de Teynazère –en las faldas del monte Mouchet– junto con otros cazadores y el marqués de Apcher. Según las crónicas, Chastel acude a la cacería con su escopeta y un pequeño libro en el que recita en voz alta letanías a la Virgen. En un momento dado, la Bestia aparece ante él, sin dar muestras de querer atacarle. Chastel y otro cazador abren fuego sobre el animal, acabando con su vida y poniendo fin a una pesadilla que se ha prolongado durante tres largos y terribles años.

La noticia corre como la pólvora y Chastel se convierte en héroe. Como era costumbre en aquel entonces cuando algún cazador mataba alguna pieza de gran tamaño, Chastel recorre los pueblos de la zona, donde le aclaman y le obsequian con algunos alimentos, hasta que llega a Clermont-Ferrand, localidad en la que se realiza la autopsia a la misteriosa criatura, tal y como refleja la documentación existente en los archivos de Puy-de-Dôme, a tan sólo una decena de kilómetros al oeste de Clermont-Ferrand.

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En la autopsia se comprueba que el depredador presenta numerosas cicatrices en todo su cuerpo, huellas de las diversas heridas que los cazadores le habían inflingido en sus escaramuzas. El estudio del cadaver demuestra, además, que la bala disparada por Jean Chastel a corta distancia le había destrozado varias vertebras del cuello. Por otra parte, el galeno encuentra restos oseos en su estómago, pertenecientes a ovejas y a un ser humano de corta edad. Se describe a la criatura como una especie de lobo de tamaño desmesurado, macho, con pelaje color rojizo y un peso de 65 kilos. Las patas y la cabeza son enormes, las garras muy afiladas, el hocico puntiagudo y las fauces están provistas de una potente mandíbula y dientes aterradores.

El cirujano que hizo las veces de taxidermista no realizó un buen trabajo, ya que se limitó a extraer los principales órganos del animal y a rellenarlo de paja. Seis semanas más tarde, Jean Chastel llega a Versalles con los restos de la bestia dentro de una caja de madera. Una vez allí, el rey le reprocha que le presente un cadaver de animal hediondo y descompuesto, por lo que no es recompensado en modo alguno. Chastel regresa al Gévaudan, donde las autoridades locales le premian sólo con 72 libras.

Los restos del animal fueron donados al Museo de Ciencias Naturales de París. Su esqueleto se conservó en dicho museo, donde se expuso junto a una serie de grabados de la época. Allí se conservaron hasta que se perdieron para siempre en el año 1830, durante un incendio provocado.

La naturaleza de la bestia

Las hipótesis y especulaciones sobre el verdadero origen y naturaleza del animal han sido muchas y muy variadas. Desde un «fenomenal» lobo, pasando por un ejemplar de esta especie con malformaciones congénitas, hasta un híbrido entre distintos animales. Otras propuestas, como la posibilidad de que fuese un león, tigre, oso o hiena han sido desechadas. Por otra parte, otros autores demasiado fantasiosos han intentado explicar el misterioso origen de la bestia recurriendo a disparatadas teorías sobre un experimento genético extraterrestre…
La posibilidad de un híbrido entre lobo y otra especie parece bastante verosímil. Ya en el siglo XVII estaba extendida por gran parte de Europa la raza canina Gran Danés o Dogo Alemán, utilizada por los nobles de la época en sus cacerías. Estos ejemplares, de enorme tamaño y peso, eran de diferentes colores: negro, negro y blanco, leonado, atigrado… Si consultamos a algún criador nos hablará de sus características, de la facilidad de su amaestramiento siendo cachorro, de su paciencia y de su cariño hacia sus dueños… pero también mencionará que, llegado el caso, puede llegar a ser un animal feroz. No es exagerado pensar que la bestia podría haber sido una mezcla de lobo, Dogo alemán u otra especie del grupo de los cánidos. En cualquier caso y a pesar de las variadas hipótesis, la verdadera naturaleza de «la Bestia» y su origen siguen siendo un misterio.

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Hoy la comarca del Gévaudan mantiene en el recuerdo la tragedia ocurrida en el siglo XVIII. No en vano, sus gentes fueron testigos de la aterradora presencia de un extraño animal, real y sanguinario, que posiblemente obedecía las órdenes de uno o varios amos. «La Bestia del Gévaudan» no es una mera leyenda para asustar a los niños. Existió y, al igual que sus numerosas víctimas, forma parte de la historia de Francia.

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