Nadie se ríe de la Muerte, historia paranormal

Publicado en por soviet

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Nunca había tenido miedo de la muerte, tampoco le había interesado jamás que le esperaba en el futuro, que veía lejano e impredecible, sobre todo por su juventud, por lo que aún le quedaba por vivir. Sin embargo, a pesar de ese desinterés hacia lo que debía pasarle en lo que él veía como un tiempo lejano, cuando su novia insistió en que entrasen en aquel puestecillo en el que adivinaban el futuro, no se resistió. La muchacha estaba tan ilusionada con ello que prefirió acceder, y así, en aquella tarde soleada, en el mercadillo medieval, ambos se vieron ante una gitana de pelo largo muy rizado, con una túnica oscura salpicada de lentejuelas y unos pendientes de aro increíblemente largos. No le falta ni el último detalle, pensó Fabián, al fijarse en el pañuelo de lunares negros que le cubría parcialmente la cabeza. Desde luego, se ha esmerado para parecer una adivina (siguió pensando). A ver qué inventa sobre mi futuro.
Su novia estaba tan nerviosa que él insistió en que fuese a ella primero a quien le leyese la buenaventura así que se sentó frente a la mujer que empezó a hacer unos misteriosos gestos ante la bola de cristal para proceder a cambiar la voz de un modo extraño, como si estuviera en trance. Fabián sonrió porque aquello le recordó al oráculo de Delfos, y pensó que aquella mujer se habría instruido bastante en el tema para no errar y hacer de cada una de sus actuaciones algo de lo más creíble. Clara, su novia, esperaba impacientemente a que aquella adivina comenzase a decirle los sucesos venideros que la acontecerían. Al fin ella comenzó a hablar:
- Veo que eres una persona extrovertida y sencilla, amante de las buenas costumbres y que crees en los temas esótericos, tenías mucho interés por tu futuro.
Aquí empezó a pensar Fabián que era más que una casualidad que aquella mujer supiera esas cosas sobre su novia, pero aún así seguía sin creerla.
- El muchacho que te acompaña cuenta con tu cariño, sin embargo dentro de muy poco se separaran para siempre, eso está muy claro.
Fabián se enfureció y Clara estaba muy sorprendida, ya que en sus tres años de relación jamás habían tenido ningún problema y estaban empezando a planear su boda, incluso.
- Vamos a ver ¿En qué se basa usted? !No nos conoce de nada, mire mi futuro y verá como va a ser junto a ella! -le gritó Fabián más enfadado aún que antes.
- Bien, siéntate y veremos por qué se van a separar.
La mujer volvió a hacer esos extraños gestos con las manos y a cambiar la voz, pero aquello ya no le hacía ninguna gracia a Fabián que había empezado a arrepentirse de haber cedido al deseo de su novia, que estaba aguándoles la tarde.
Antes de empezar a hablar, la mujer les miró a ambos. A Fabián le pareció ver una maliciosa sonrisa en su rostro.
- Veo aquí que no crees en lo esotérico, que has venido sólo cediendo a sus deseos, también que eres una persona que no temes a nada, ni te interesas por lo que vendrá, sólo te ocupas del presente. Pues bien, aprovecha bien ese presente, porque la parca de la muerte ha decidido cortar muy pronto el hilo de tu vida y venir a buscarte.
Clara se tapó la boca con las manos para ahogar un grito de desesperación.
Fabián, mientras tanto no salía de su asombro, pero se echó a reír, no creyendo a la mujer, pagó lo acordado y salieron ambos del puesto burlándose Fabián de aquella adivina ante sus propias narices.
- Vamos Clara, lo que nos ha dicho no eran más que patrañas sin sentido, no te pongas trágica.
- ¿No te da miedo lo que nos ha dicho?
- Bah, son sólo tonterías, vio que yo no creía en nada de lo que nos estaba contando y decidió darme un buen susto.
- Entonces ¿No la has creído?
- Para nada.
Fabián acompañó a su novia a casa y luego se dirigió a la suya con paso cansino.
La noche empezaba a asomar y las lánguidas estrellas cubrían el cielo que era como una plácida campiña negra y brillante. Cogió el ascensor y entró en su piso. Aquel fin de semana se encontraba solo porque sus padres habían ido a visitar a unos parientes que tenían en un pueblo cercano. Al entrar en el salón, sintió una súbita ráfaga de frío.
- Qué raro ¿Me habré dejado abierta alguna ventana?.
Pero no había ni un solo resquicio.
Bah, será imaginaciones mías, pensó Fabián, que no notó cómo una sombra negra pasó tras él a la vez que le producía un escalofrío. El muchacho se estremeció sin comprender qué estaba pasando. De repente se fue la luz y le pareció escuchar una extraña carcajada. No entendía qué estaba sucediendo, pero empezaba a pensar que tenía algo que ver con lo de la adivina, no con lo que le había dicho, si no con el hecho de que él no la había creído, que se había reído de ella, aquella estúpida bruja estaba llevando a cabo su venganza. Aunque, quizás todo aquello sólo era fruto de su imaginación, impulsada como estaba su mente por los sucesos de aquella tarde.
Fabián sacó un mechero de su bolsillo e intentó aproximarse hacia el cuadro de luces para ver si se habían bajado los automáticos pero, de nuevo, una repentina e inexplicable ráfaga de viento que no se sabía de dónde procedía, apagó la lumbre del mechero y le dejó sumido en la oscuridad. Alguien o algo le susurró con voz trémula al oído...
- Nadie puede reírse de la muerte.
Fabián empezó a asustarse, sobre todo al liarse a manotazos en la oscuridad para hallar de dónde procedía aquella voz y no encontrar a nadie.
Volvió a oír aquella carcajada y a sentir escalofríos y salió corriendo por el salón, a oscuras como estaba y atrapado por el pánico de una situación que se le escapaba de las manos al no poder comprenderla.
En su inútil huida tropezó con la alfombra y se golpeó contra la repisa de la chimenea partiéndose el cuello y cayendo contra el suelo alfombrado como un muñeco roto.
En aquel instante volvió la luz al piso y la sombra negra que le había envuelto cuando aún estaba vivo se convirtió en la mujer que le había leído su terrible destino aquella misma tarde. Sonrió con malicia mientras miraba el cuerpo marchito de Fabián sobre la alfombra y le dijo como si él pudiese oírle:
-Ya te dije que vendría a buscarte muy pronto.
Y se marchó convertida en una liviana ráfaga de viento.
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