No a los transgénicos en chile

Publicado en por soviet

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Hace ya varios años que el concepto de “alimentos transgénicos” ronda a nuestro alrededor.  Su presencia en el mercado es cada vez mayor y muchos de nosotros los hemos consumido sin enterarnos.  Más aún, ni siquiera sabemos bien qué son, lo que resulta curioso en tiempos en que la ingeniería genética ha alcanzado una relevancia tal que todos parecemos entender, al menos en términos generales, qué es la clonación, por ejemplo, y cuáles son sus potenciales riesgos.  Esta ignorancia se debe, sin lugar a dudas, a la poca difusión que se le ha dado al tema.

 

     Alimentos transgénicos son aquéllos obtenidos mediante la modificación genética de organismos ya existentes, en especial los vegetales.  No se trata de cruza de plantas -caso en el cual el ADN de dos especies se combina-, sino de la eliminación de ciertas secuencias de ADN de una planta para ser reemplazadas por otras provenientes de otros organismos, no necesariamente vegetales: esto es lo que se llama “biotecnología vegetal”.  Dicha alteración en el código genético de las plantas supone una mejora en la calidad de las mismas, ya que las hace resistentes a plagas y herbicidas, con el consecuente aumento de la productividad.  En términos burdos, los transgénicos son plantas mutantes que los bichitos no se comen y que el herbadox no mata.  Se les llama OGM (organismos genéticamente modificados), pueden ser obtenidas manipulando cualquier especie existente y las que más se cultivan en la actualidad son la soya, el maíz y el raps.  Casi la totalidad de los cultivos transgénicos incorporan genes bacterianos, pero también se está experimentando con genes de vaca, de polilla, de rata e incluso de alacrán, entre otros.  El primer alimento transgénico fue obtenido en 1983 y el primero en ser aprobado para consumo masivo fue el Tomate Flavr Svr ®, en 1994.

 

  Todavía no existen estudios concluyentes respecto a los efectos que tendría en nuestro organismo el consumir alimentos modificados genéticamente, puesto que los posibles daños no se notarían sino hasta pasado un par de generaciones.  Se desconoce también la magnitud del impacto ambiental que tendría la introducción masiva de estas especies en los campos, aunque ya hay evidencia de contaminación genética en especies nativas debido a la polinización cruzada que se da espontáneamente.  Lo que sí está claro es cómo la industria de los transgénicos está silenciosa y aceleradamente apoderándose de los cultivos alrededor del mundo.

 

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  Con la excepción de España, en Europa los transgénicos han encontrado una fuerte resistencia, ya que, por tratarse de una tecnología nueva y desconocida, los países han optado por basarse en el principio “de precaución” y no están dispuestos a autorizar su cultivo hasta que se sepa más sobre sus efectos en la salud y el medio ambiente.  Por el contrario, aquellos países en los que Estados Unidos tiene mayor influencia se basan en el principio “de equivalencia sustancial” establecido en 1992 por la FDA (Food and Drug Administration, departamento gubernamental que regula los alimentos en EEUU), según el cual “una especie vegetal orgánica es equivalente en sustancia a cualquiera de sus versiones transgénicas”, por lo que están autorizando su cultivo.  El responsable de la redacción de ese texto fue el abogado Michael Taylor, quien fuera el segundo de a bordo en la FDA al momento de su promulgación.

 

Ya son 57 los países que han aprobado la comercialización de alimentos transgénicos y 25 en los que se cultivan.  Aquéllos en que se concentra su producción son Estados Unidos, Argentina, Brasil y Canadá.  La penetración es fuerte también en China, India y Sudáfrica, y cada año son más los países en vías de desarrollo que les están abriendo sus puertas.  Sin embargo, los cultivos no son patrimonio nacional: los OGM son patentados por quienes los desarrollan, es decir, cada variedad es propiedad de la empresa que la produce y para cultivarlos hay que comprar las semillas cada año.  He ahí el negocio.

                Cinco son las transnacionales que controlan el mercado de semillas transgénicas en el mundo, de las cuales una sola es dueña del 90% del total: Monsanto Company, el gigante de los transgénicos.  Monsanto fue fundada como una empresa productora de productos químicos en 1901.  Inicialmente distribuyó sacarina y proveyó de endulzantes a Coca-Cola, luego expandió su campo a la química industrial y el plástico, y durante la guerra de Vietnam fue una de las siete empresas que proveyó al ejército estadounidense del infame “agente naranja”, compuesto herbicida causante no sólo de la destrucción de la selva y las cosechas de ese país, sino de la muerte de 400 mil de sus habitantes y del nacimiento de 500 mil niños con malformaciones.  Ésta es hoy la empresa líder en alimentos transgénicos.

 

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  En su revelador libro “El mundo según Monsanto”, la periodista francesa Marie-Monique Robin desenmascara la gigantesca red de influencias de la transnacional y devela irrefutablemente su propósito final: controlar el cultivo y la distribución de alimentos a nivel mundial, cueste lo que cueste.  Además de tomar ventaja de la poca regulación que existe sobre los transgénicos en la mayoría de los países, Monsanto pasa por encima de las instituciones competentes con su “principio de equivalencia” en mano y recurre a cualquier medio con tal de conseguir autorización para introducir sus semillas.  Prueba de ello es la multa de un millón y medio de dólares que en 2005 la compañía debió pagar por haber sobornado a un alto funcionario del Ministerio del Medioambiente de Indonesia.  Más grave aún es el hecho de que Michael Taylor -autor del “principio de equivalencia”- es funcionario de Monsanto y se ha pasado los últimos veinte años saltando de la actividad pública a la privada en EEUU, entre la industria alimenticia y los organismos que la regulan, haciendo de este intercambio de roles un verdadero arte de la sinvergüenzura.  El último salto lo dio este año: Taylor está de vuelta en la FDA, esta vez como Consejero General.

 

  El panorama es francamente desolador.  Imagine que usted es agricultor y produce maíz orgánico.  Digamos que su vecino, también agricultor, decide plantar maíz transgénico.  Sin que nadie lo note, el viento lleva algo del polen transgénico a su plantación y ésta se contamina incorporando en sus semillas los genes modificados.  Al año siguiente, dos agentes golpean a su puerta: están allí para tomar muestras de sus plantas y comprobar así que usted no esté cultivando especies transgénicas sin haber pagado los derechos correspondientes.  Un par de semanas después: ¡oh, sorpresa!  Su maíz es ahora transgénico y a partir de ese momento debe pagar por él, o pierde la plantación y se va a la cárcel.  Esto ya ocurre en Brasil y Argentina.

 

En este momento se encuentra en trámite en el Senado la “Ley de Obtentores Vegetales”, nombre bajo el cual se oculta en Chile el proyecto de “privatización de las semillas” que reemplazaría a la actual ley Nº 19.342.  Su promulgación fue una de las condiciones incluidas en el TLC firmado con Estados Unidos en 2003 y, según el mismo acuerdo, debería haber sido aprobada antes del 1 de enero de 2009.  De así ocurrir, Chile se convertirá en una colonia más del imperio Monsanto y, más temprano que tarde, los cultivos orgánicos desaparecerán y toda nuestra agricultura dependerá del suministro de semillas transgénicas para producir.

 

  Si bien ya parece tarde para impedir el avance de los cultivos transgénicos en muchos lugares del mundo, aún estamos a tiempo para ponerle atajo en Chile.  Los productos orgánicos son cada vez más cotizados por su pureza, y es simplemente inaceptable que como país renunciemos a nuestro patrimonio hortícola y a la inmejorable posición en que quedaríamos (con enormes beneficios sanitarios, ambientales y económicos)  de mantenernos como productores de alimentos no transgénicos.  El parlamento debe reconsiderar y encontrar una salida que ponga nuestro interés por delante.  Y si los norteamericanos insisten, pues al diablo con el TLC; tenemos mejores tratados con mejores socios que Estados Unidos.

 

  No sembremos las semillas del mal.

                                                                                                       Carlos Mulsow García

                                                                                                          http://chilesintransgenicos.cl/

 

 

 

 

 

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